
Por: Panchito Hernández
Cualquier tarde de agosto en la Caracas más hostil que se recuerde, el Metrobús entre Altamira y El Hatillo, fue escenario de uno de esos momentos en los que uno se aprecia de ser humano. Esas situaciones que ya pasan desapercibidas pero guardan para si uno de los aspectos más hermosos y verdaderos de la humanidad. Entre decenas de rostros, algunos cansados, otros perdidos, unos más felices, otros sin mucho que decir, el transporte circulaba al ritmo del tráfico, a veces con los acelerones típicos del apuro de esta ciudad, a veces con la pausa de un país donde nadie aprendió a manejar pero casi todos sabemos mejor que nadie insultar.
Los protagonistas de esta historia, un señor viviendo entre su séptima y octava década; una niña con la ilusión de una personita que no ha alcanzado la primera. Sentados frente a frente sin tener ningún vinculo más que el de ser humanos, teniendo una de las conversaciones más hermosas que haya visto en mi vida.
La conversación, avanzaba al ritmo que sus protagonistas le imprimían. El señor paseándose por su experiencia le presentaba a la niña un mundo en el que aun podemos vivir, en el que aun podemos creer, en el que aun podemos soñar. En su intercambio de diálogos, él le interrogaba a quien quería más si a su madre o su padre, la niña por estar con su madre le contesto que ella, el viejo en su verbo amable le respondió con otra pregunta: ¿Acaso no deberías quererlos a los dos por igual? Ella sonrió y asintió.
Mientras pasaban los kilómetros, la conversación sumaba más adeptos, los que tenían caras perdidas, desencajadas, sin esperanza, tristes y claro los que iban tranquilos, en su cauce y hasta felices, se fueron uniendo a una conversa que se hizo la razón por la que todos estábamos ahí. El señor le mostraba a la joven, un mundo de posibilidades, nos hizo recordar que la ilusión bien sazonada puede ser la mejor arma para enfrentar cada reto, el viejo amigo nos dio una cátedra a quienes en nuestro andar presenciábamos una conversación entre dos seres humanos que se encuentran disfrutando de dos grandes momentos de la vida de un ser humano: la vejez y la niñez. Acaso suelen ser los viejos y los niños quienes suelen entenderse con la complicidad que jóvenes y adultos no encontramos.
La gente, que fue quedando en el autobús, disfrutaba de esos momentos en que la ternura invade sin permiso el corazón, la gente entre una lagrima que se va y una sonrisa que se hace presente, compartió una escena que ya no disfrutamos porque apenas vemos. Las risas, las miradas cómplices con las que nos hablamos los que allí íbamos, fueron el apogeo de un momento que se hizo corto para los que lo disfrutamos.
Al final ya quedando pocas estaciones el señor se despidió con la certeza que mas allá de la niña, dejo en varios de nosotros, un mensaje de esperanza, de alegría, de entrega, de amor y convicción. Luego en la penúltima parada se bajo la niña junto a su madre, con el gesto de quien disfruto aquel mensaje junto a varios cómplices que nos hicimos familia por esperanza.
Al final y tras los pasos a mi hogar, iba rememorando aquel hermoso encuentro. En cada gesto que dejaron el buen señor y la niña, se me dibujaba gestos de vuestros rostros, recordando que todos fuimos niños, y con la esperanza del que quiere y puede, todos llegaremos a ser como aquel señor, que en su andar todavía nos regala un hermoso mensaje y un rato agradable.
Más allá de la situación, de los problemas, del odio y la desesperanza, este tipo de situaciones le regalan a las almas la oportunidad de sentir en primera persona la esperanza, el amor, la alegría y por sobre todas las cosas: la ilusión.
Tememos decirnos las cosas, tememos decirnos lo que sentimos y al final terminamos perdiendo, se los digo, es mi caso. Aquella conversa de estos dos magníficos seres humanos, me demostró que no hay mejor hecho que el de regalarse una verdad y un sentimiento para la persona o personas que ama. El silencio y el reproche no son precisamente la mejor base para que una relación humana tome cuerpo y crezca en el tiempo, es la conexión infinita de dos personas que se aferran al sentimiento lo que permite que toda relación humana sea templo de amor y verdad. No pierdan la oportunidad de sumergirse en una conversa de amor y cariño con aquellos seres que aman: sus padres, pareja, hermanos, amigos, seres queridos en general. Háganle saber, más allá de un te quiero que aquella conversa es una razón para seguir viviendo.
09/13/10
Hermosa conexión
Posted by Designermusings at 7:08 AM